Estambul (2006)

“La vida no puede ser tan mala -pienso a veces- . Cuando al menos, uno siempre puede ir a darse un paseo por el Bósforo.”

¿Qué contiene?

Nostalgia y “turcofilia”.

¿De qué trata?

Lo que me gusta de este libro es el amor que el autor tiene por su ciudad. A Pamuk no le interesa desligarse, como hacen otros escritores, de su cultura, su lengua, su país. Quiere hablarnos de Estambul, porque el destino de esa ciudad es el suyo y ésta forjó su carácter, cosa que yo en particular, entiendo muy bien. El autor tiene esa manera turca de narrar, mezclando sueños y leyendas, para contar la realidad como si no se hubiera vivido directamente.

Pamuk nació el 7 de junio de 1952 en una Estambul pobre, débil, aislada y alejada del mundo, en una época en la que las tropas turcas combatían en Corea del Sur y corrían rumores de que los norcoreanos usarían armas biológicas. La amargura que dejó el hundimiento del imperio otomano, la pobreza y las ruinas son las cosas que marcaron su vida.

Vivía con toda su familia (abuela, padres, hermano, tíos), distribuidos en un edificio de 5 pisos que fue construido sobre lo que antes había sido la mansión de un bajá. En la década de los treinta, esa zona estaba llena de caserones de príncipies y funcionarios, que comenzaban a vaciarse y hundirse por falta de cuidados.

El Bósforo es para los turcos un símbolo de unión a la vida, de entusiasmo por vivir, de felicidad, una fuente inagotable de bienestar y de optimismo, que da salud y cura. El espíritu y la fuerza de Estambul, le vienen del Bósforo. Mantiene en pie a la ciudad y a la vida. Fue a partir del s. XVIII que los otomanos empezaron a instalar sus palacios de verano a orillas del Bósforo y los bajás y los ricos crearon una especie de cultura selecta y cerrada que se vivía al interior de esos palacetes. A finales de los 70 desaparecieron, se pudrieron por falta de cuidados o se pusieron en alquiler. Otros fueron quemados para construir en su lugar bloques de pisos y así fue desapareciendo lo poco que quedaba de la cultura otomana.

Entre muchas cosas nos habla de Ahmet Rasim, uno de los más grandes autores de Estambul, quien escribió sin parar todo lo que se refiriera a tan bella ciudad.

Nos cuenta con tristeza cómo el Cuerno de Oro ha dejado de ser lo que era, para convertirse en una sucia cloaca para fábricas, talleres y mataderos, restos de barcos, ácidos de las fábricas, alquitranes de los talleres y alcantarillas.

Como sucede siempre que se instaura algo nuevo, la República de Turquía suprimió todo lo relativo al pasado otomano y se volvió costumbre despreciarlo. Pero surgen personajes como Tanpinar, quien se pasó la vida quejándose de que los restos de la cultura otomana fueran desapareciendo como resultado de la modernización occidentalizante, de la pobreza y, sobre todo, de la ignorancia y la desesperación de los propios estambulíes, y que trató el tema en sus novelas en sus dimensiones más profundas y espirituales, o Koçu, un coleccionista de nostalgias que realizó una enciclopedia de la ciudad:

“A veces yo también siento el amor por el pasado y la amargura que subyacen tras ese enorme esfuerzo de Koçu, que le llevó la vida entera, y me pregunto si no se deberá más a oscuras razones personales ocultas en su infancia, transcurrida en palacetes y mansiones, que a razones históricas como el hundimiento del Imperio otomano o la caída en desgracia de Estambul. Es muy posible comparar a nuestro enciclopedista con un auténtico y amargado coleccionista que tras un disgusto personal en su pasado renuncia al amor y a los hombres, comienza instintivamente a recoger y recopilar cosas y entrega su vida a ese afán. Pero Koçu, al contrario que los coleccionistas típicos, no se encariñaba con objetos, sino que recogía todo tipo de datos extraños sobre Estambul. Como los coleccionistas occidentales, que se mueven con un impulso profundo que les sale del corazón y, al menos en un primer momento, sin pensar que su colección acabará en un museo, él no actuaba así para poder publicar posteriormente una enciclopedia, sino que reunió todo tipo de materiales, detalles curiosos y recuerdos personales que tuvieran que ver con la ciudad simplemente porque le apetecía.

Como un coleccionista que comienza a soñar con un museo después de intuir la posibilidad de que su colección llegue a ser infinita, a Koçu se le debió de pasar por la cabeza una idea tan original como la de hacer una enciclopedia sobre Estambul con toda aquella curiosa información que había reunido, y a partir de entonces debió de notar el aspecto material de su colección de datos. El catedrático Semavi Eyice, historiador del arte bizantino y otomano, que conoció a Koçu en 1944 y que hizo muchas entradas para su enciclopedia desde su primera salida al mercado, en los artículos que escribió sobre Koçu después de su muerte nos habla de su inmensa biblioteca, de las “entradas” que guardó durante años en sobres, de su colección de recortes, fotografías y grabados, de carpetas y de cuadernos (hoy perdidos) repletos de notas que había tomado leyendo pacientemente durante años los periódicos de Estambul del siglo XIX; además, en cierta ocasión que hablamos, me contó que Koçu tenía otra gran colección sobre grandes, extraños y misteriosos crímenes de Estambul del pasado.

Cuando, ya cerca del final de su vida, Koçu comprendió entristecido que nunca podría terminar su enciclopedia, le dijo a su amigo Semavi Eyice en un momento de ira y mal humor que iba a quemar en su jardín toda aquella acumulación de datos, todo aquel material sobre Estambul, la colección a la que le había entregado la vida….

Koçu, en un arranque de furia, había discutido dos años antes con su socio capitalista porque este le había criticado que llenara la enciclopedia con entradas largas e innecesarias por sus manías particulares y así, al cerrarse el despacho de Babiali, se llevó toda la colección, sus borradores, sus recortes y sus fotos al piso de Göztepe en el que vivía. Como todos los auténticos coleccionistas obsesionados con Estambul que tienen en el pasado una historia triste y que son conscientes de que los objetos que han reunido nunca llegarán a un museo, Koçu, en los últimos años de su vida, también comenzó a vivir solo en un piso invadido por su atestada colección (o sea, por un montón de papeles y fotografías).”

Se volvió común contemplar cómo quemaban viejas mansiones de madera. Tanpinar (“las obras maestras se deshacen una tras otra como cristales de sal que caen en el agua, se convierten en montones de ceniza y polvo”) y Téophile Gautier comparan ese placer con el de Nerón.

“Sin embargo, la verdadera razón es que los incendios han sido una parte tan inseparable de Estambul a lo largo de sus cinco siglos de historia que los estambulíes, especialmente a partir del siglo XIX, aprendieron a prepararse por adelantado a ese desastre que arrasaba la ciudad. Para los estambulíes del siglo XIX, que vivían en calles estrechas y en casas de madera, el que sus hogares se incendiaran, más que una catástrofe, era algo para lo que ya estaban prevenidos, como si se tratara de un final inevitable. Aunque el Imperio otomano no se hubiera hundido, Estambul habría seguido perdiendo gran parte de su memoria y su fuerza a causa de continuos incendios que, a principios del siglo XX,  se tragaron miles de casas, decenas de barrios y enormes distritos y que dejaron a decenas de personas sin hogar, pobres y desesperadas.

Durante el espectáculo, hablábamos de cosas como, por ejemplo, los clavos de las paredes de las casas de madera que, en los incendios de antaño, salían disparados incandescentes hacia el cielo por la presión, cruzaban el Bósforo y prendían fuego a otra casa.”

A Pamuk le llama la atención el poeta francés Gérard de Nerval, porque también estuvo en su ciudad y porque habla de la plaza favorita de Pamuk:

“… Nerval describe la ahora llamada plaza de Taksim, la plaza más grande de mi infancia, el centro de mi mundo, alrededor del cual he vivido desde que era niño.”

“Nerval tenía treinta y cinco años cuando vino a Estambul. Dos años antes había pasado la primera de las crisis de melancolía que le llevarían a ahorcarse en París doce años más tarde, y durante un tiempo había estado ingresado en un manicomio. La actriz Jenny Colon, a la que quiso con un amor no correspondido que condicionaría su vida entera, había muerto seis meses antes. Nerval inició su Viaje al Oriente, que le llevaría a El Cairo y Alejandría en Egipto, a Siria, Chipre, Rodas, Esmirna y Estambul, cargado con ese dolor y, por supuesto, influido por los sueños románticos del Oriente que comenzaron a ser una tradición literaria francesa con Chateaubriand, Lamartine y Hugo. Teniendo en cuenta que él, como los autores que le habían precedido, se puso en marcha con la intención de escribir algo sobre Oriente y que en la literatura francesa se le considera el autor melancólico por antonomasia, uno concluye que lo que el poeta vio en Estambul debió de ser muy especial y valioso.”

Sin embargo, en las memorias de André Gide, en las que cuenta su viaje a Turquía en 1914, no aparece esa panacea de la “turcofilia”. Justo al contrario, a Gide no le gustaron en absoluto los turcos, y lo explica no usando la palabra “nación” sino “raza”, un concepto que poco a poco iba poniéndose de moda.

Un año después de que los escritos en que Gide despreciaba la forma de vestir de los turcos se publicaran en forma de libro, Atatürk, el mayor occidentalizador, prohibió que se usara toda aquella ropa no occidental con la revolución del vestido.

“La razón de ese desinterés estriba en que, como resultado de la occidentalización y de las prohibiciones de las reformas kemalistas, muchos elementos turísticos, como los harenes, los monasterios de derviches o los sultanes, desaparecieron junto con las casas de madera, y en que el lugar del Imperio otomano lo ocupó la pequeña República de Turquía, que imitaba a Occidente.”

“El que Knut Hamsun percibiera que el puente de Gálata de mi niñez, construido sobre pontones, se meciera suavemente con el peso del tráfico, o que Hans Christian Andersen escribiera que los cipreses de los cementerios eran “oscuros”, son de ese tipo de observaciones. Observar Estambul como un extranjero ha sido siempre un placer para mí y una costumbre necesaria contra el sentimiento de comunidad y el nacionalismo. Me parecen tan alejados de mi vida el harén, a veces descrito con realismo, y aquellas ropas y costumbres del pasado que, aunque sepa que no se trata de un sueño, me da la impresión de que todo eso no es el pasado de mi ciudad sino el de la de algún otro. La occidentalización nos ha dado a mí y a millones de estambulíes el placer de encontrar “exótico” nuestro propio pasado.

Sólo una cosa ha sido capaz de eludir ese proceso de “observación occidental-desaparición: las manadas de perros que todavía campan a sus anchas por las calles traseras de Estambul. El segundo objetivo de Mahmud II, que disolvió a los jenízaros porque no aceptaban la disciplina occidental, era acabar con los perros, pero fracasó en su empeño. En otro movimiento de reforma hecho después de la Época Constitucional, y con la ayuda de los gitanos, se recogieron los perros uno a uno y se les desterró a  una isla, pero los animales supieron regresar victoriosos a la ciudad. Puede que una de las razones sea que los franceses, a quienes les resultaban muy exóticas las manadas de perros por las calles, les pareció todavía más exótico que los encerraran a todos juntos en una isla y escribieron mucho y con bastante sarcasmo sobre el tema (incluso Sartre bromeaba años más tarde al respecto en su novela La edad de la razón).

Me gusta mucho Flaubert porque prestaba mucha atención a la forma del humo de los barcos, que yo empleaba para terminar mis cuadros, y porque los describe en la frase de apertura de su novela La educación sentimental (también me gusta por otras razones). La frase anterior, que he escrito como paso a otra cuestión, a otro tema, se llamaba en la música otomana tradicional “Taksim intermedio” y se interpretaba como un solo. Como la palabra taksim también se refiere a “dividir”, “repartir” y al lugar en el que se distribuye el agua, mucho tiempo después los estambulíes comenzaron a llamar Taksim a la alta llanura en la que Nerval se entretenía contemplando el paisaje, a los vendedores y los cementerios, debido al centro de distribución de aguas que se había construido allí diez años antes de su llegada. Todavía siguen llamando así a ese sitio en cuyos alrededores he pasado toda mi vida. Pero antes de ser conocido como Taksim también, al igual que Nerval, pasó por allí Flaubert.”

Citas:

  • “Yo te daré honestidad, tú muéstrame compasión.”
  • “La vida no puede ser tan mala -pienso a veces- . Cuando al menos, uno siempre puede ir a darse un paseo por el Bósforo.”
  • “Lo primero que aprendí en la escuela fue que había gente que era tonta, y lo segundo que algunos eran más tontos todavía.”
  • “Cuando me voy de Estambul, a veces pienso que mi deseo de volver lo antes posible a la ciudad se debe a que quiero seguir contando barcos. A veces también creo que, si no los cuento, la ciudad se dejará llevar con mayor rapidez por la sensación de amargura y pérdida que se expande por ella. Quizá la amargura de un destino inevitable para alguien que ha pasado toda su vida en Estambul en los mismos años en que yo he vivido en ella. Pero la determinación de hacer algo para contrarrestar la amargura también es importante para darle un significado de misión al hecho de contemplar perezosamente el Bósforo por la ventana.”
  • “¿Por qué me hace tan feliz oír a otros decir que Estambul es una ciudad melancólica? ¿Por qué me esfuerzo tanto en explicar al lector que la sensación que me produce la ciudad en la que he pasado mi vida entera es la de amargura?”

Curiosidades:

  • Bósforo significa en turco “garganta”. De ahí el nombre del río.
  • “Melancolía” es una palabra que tiene sus raíces en tiempos de Aristóteles y significa “bilis negra” (melan kole).
  • Al caer el imperio otomano, surge el nacionalismo turco antre el peligro de convertirse en una colonia de Occidente. Pero afortunadamente vino Ataturk y con él la República turca.
  • En Turquía nunca ha existido un movimiento izquierdista fuerte.

Veredicto:

Pamuk nunca nos decepciona. Este es el tipo de libro que debería escribir toda persona que ame a su ciudad. (Yo ya estoy trabajando en mi México, D.F. ciudad y recuerdos). (No es broma).

Este libro es como el Bósforo. Pura melacolía.

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