La conjura de los necios (1980)

“La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.”

conjura necios1

¿Qué contiene?

Una farsa que parte de la siguiente premisa (cita con la que abre el libro):

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.”

Thoughts on various subjects,Moral and diverting,

JOHNATHAN SWIFT

¿De qué trata?

… y el genio de este libro (que en realidad es el propio John Kennedy Toole), que provoca que todo el mundo se ponga en su contra, es nada más y nada menos que un enorme (tan enorme como su excesivo sobrepeso) personaje literario: Ignatius J. Reilly, un hombre de ojos azules y amarillos que a sus 30 años aún vive con su madre (a quien suele referirse como el agente de su destrucción), usa reloj de Ratón Mickey, pantalones de tweed, gorra de cazador verde, un sable de juguete y no le gusta trabajar. De hecho lo que le gusta hacer es pasar mucho tiempo encerrado en su habitación, eructando (literalmente), llenando cuadernillos con sus ideas y críticas en contra de la sociedad (según él, prácticamente todo y todos violan todas las normas de la geometría y la teología) y haciendo salsa de queso. Es un gran medievalista, que continuamente invoca a diversos santos y que se jacta de ser un fiel seguidor de Rosvita (monja medieval y conocida sibila).

Ignatius pasó diez años en la universidad (para desesperación de su madre) y es un cínico y muy irónico manipulador de situaciones, con un profundo conocimiento de la Edad Media, que además de citar a Boecio (muy manipuladoramente siempre a su favor), es fanático de Batman por considerarlo un personaje que trasciende la sociedad abismal en que se encuentra, además de tener una moral bastante rigurosa. Definitivamente es un personaje poco común, que además toca la trompeta y el laúd.

“Como medievalista, creía en la rota Fortunae, o rueda de la Fortuna, un concepto básico de De consolatione Philosophiae, la obra filosófica que había sentado las bases del pensamiento medieval. Boecio, el último romano, que había escrito la Consolatione mientras padecía una prisión injusta por orden del emperador, había dicho que una diosa ciega nos hace girar en una rueda, que nuestra suerte se presenta en ciclos.”

Entre los argumentos recurrentes de Ignatius:

“Habría que imponer un régimen de fuerza en este país para impedir que se destruya a sí mismo. Los Estados Unidos necesitan teología y geometría, necesitan buen gusto y decencia. Sospecho que estamos tambaleándonos al borde del abismo.”

“Mi yo no carece de elementos proustianos.”

Un pasaje que nos muestra su forma de pensar:

“… los grillos y las cadenas tienen funciones en la vida moderna que jamás debieron imaginar sus febriles inventores en una época más simple y antigua. Si yo fuera un constructor de casas lujosas, instalaría por lo menos un equipo de cadenas, fijadas en las paredes de todas las nuevas casas amarillas de ladrillo tipo rancho y de todos los chalets duplex de Cape Cod. Cuando los residentes se cansen de la televisión y del ping-pong o de lo que hiciesen en sus casitas, podrían encadenarse unos a otros por un rato. Les encantaría a todos. Las esposas dirían: ‘Mi marido me encadenó anoche. Fue maravilloso. ¿Te lo ha hecho a tí tu marido últimamente?’ Los niños volverían corriendo del colegio a casa, a sus madres, que estarían esperándoles para encadenarles. Esto ayudaría a los niños a cultivar la imaginación, cosa que la televisión les veta. Y habría una reducción apreciable del índice de delincuencia juvenil. Cuando el padre volviera del trabajo, la familia unida podría agarrarle y encadenarle por ser tan imbécil como para estar trabajando todo el día para mantenerles. A los parientes viejos y revoltosos podría encadenárseles a la puerta del coche. Sólo se les soltarían las manos una vez al mes para que pudieran firmar los cheques de la seguridad social. Las cadenas y los grilletes podrían asegurar una vida mejor para todos.”

En la universidad conoció a su ex-novia Myrna Minkoff (con quien en realidad tiene más bien una relación platónica), una verdadera antorcha revolucionaria que le manda cartas diciéndole que lo que él necesita es sexo o si no, se acabará por convertir en un inválido psicosomático como Elizabeth B. Browning.

“Myrna era decididamente masoquista. Sólo era feliz cuando un perro policía hundía sus colmillos en sus leotardos negros o cuando la arrastraban por los pies escaleras abajo para sacarla de una audiencia del Senado.”

En realidad Ignatius es para ella una causa más. Mantienen correspondencia de manera regular y Myrna siempre le escribe para que se una a alguna de sus causas, manifestaciones, desfiles y demás.

Ignatius es un ególatra que se autocompara con diversos genios:

yo emulaba al poeta Milton pasando mi juventud retirado, entregado al estudio y a la meditación a fin de perfeccionar mi oficio de escritor, tal como hizo él; la intemperancia cataclismática de mi madre me ha arrojado al mundo con la mayor crueldad. Mi organismo entero está aún agitado. En consecuencia, todavía estoy en el proceso de adaptarme a la tensión del mundo laboral.”

Ignatius está convencido de que el mundo conspira en su contra:

“El mundo entero se me echará encima algún día con algún pretexto ridículo; sé que en cualquier momento pueden arrastrarme a una mazmorra con aire acondicionado y dejarme allí, bajo luces fluorescentes y un techo con aislamiento acústico, para que pague el precio por burlarme de todo lo que ellos atesoran en sus corazoncitos de látex.”

“Empezaba a sentirme ya como una especie de filete sumamente sabroso en un mercado de carne.”

“Es un axioma de la naturaleza humana el que la gente aprende a odiar a los que la ayudan. Así, mi madre se ha vuelto contra mí.”

A lo largo de la novela, vemos cómo Ignatius entra a trabajar en Levy Pants, donde se dedica a alborotar a los trabajadores y a enviar cartas a clientes de Levy Pants poniendo en duda la credibilidad moral de la empresa (de lo cual culpa a una pobre anciana que trabaja ahí). Posteriormente se dedica a literalmente verle la cara a otro pobre hombre que le brinda trabajo como vendedor de Hot Dogs.

Su madre está harta de él y cuando trata de meterlo en un psiquiátrico, se fuga con Myrna dejando en el lector la sensación de que muy probablemente el autor tenía en mente una segunda parte del libro… afortunadamente Kennedy Toole se suicidó y no nos sometió a la tortura de tener que ser testigos de cómo un personaje tan degradante como Ignatius Reilly vuelve a contraatacar como uno de los pilares de la literatura norteamericana.

Citas:

  • “En ese ambiente se desmoronaría mi psique.”
  • “Es un axioma de la naturaleza humana el que la gente aprende a odiar a los que la ayudan.”

Curiosidades:

  • Schiller, para escribir, necesitaba en su mesa el aroma de manzanas podridas.
  • San Casiano de Imola, santo patrón de los profesores, fue asesinado por sus propios alumnos, atravesándolo con sus estilos.
  • San Mathurin, santo patrón de los payasos, invocado además, por la epilepsia y la locura.
  • San Mederico Ermitaño, invocado por los trastornos intestinales.
  • Santa Zita de Lucca, pasó su vida trabajando de criada, es invocada para combatir el alcoholismo y las juergas nocturnas.
  • Boecio jugó un papel importante en la Roma degenerada. Como dijo Chesterton de él: “sirvió así justamente a muchos cristianos como guía, filósofo y amigo; precisamente porque si bien su época era corrupta, él tenía una cultura completa.”

Veredicto:

Sin tomar en cuenta que a esta novela habría que cortarle cien hojas y más de un personaje que sale sobrando, lo que para mucha gente es una obra maestra de la literatura norteamericana no es en realidad sino una sobrevalorada e irritante apología a ese tipo de personas que desgraciadamente abundan en este mundo: egoístas, abusivas, estorbosas, con nulas ganas de trabajar y que buscan por consiguiente sacar siempre y en todo momento provecho de los demás. En fin, verdaderos parásitos sociales…. ahora bien, no deja de ser un estupendo libro para formar tu propio criterio: léelo y juzga cómo te cae el tal Ignatius J. Reilly…

A mí, el hecho de que se trate de una farsa, no me hace cambiar de opinión.

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