Naná (1880)

“Despedazaba a un gentil hombre, como podía romper un frasco o una bombonera, lo convertía todo en basura, en un montón de lodo de la calle.”  

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¿Qué contiene?

Una obra maestra del Naturalismo y un profundo estudio picológico y sociológico de la época, que no ha pasado de moda.

¿De qué trata?

La obra comienza en el París previo a la guerra franco-prusiana, en el teatro, donde se va a presentar una nueva comedia y una nueva actriz: Naná. Todos esperan ansiosos conocerla.

“Entre el público que invariablemente acudía a los estrenos, había caras conocidas que se identificaban sonrientes. Los abonados estaban como en su casa y cambiaban saludos familiarmente. Allí estaba París, el París literario, el de las finanzas y el placer; muchos periodistas, algunos escritores, hombres de negocios, y más ‘mujeres de la vida’ que mujeres honestas; un mundo singularmente mezclado, compuesto por todas las clases sociales, consumido por todos los vicios, y constituido por caras que llevaban impresas las huellas de iguales fatigas e idénticas corrupciones.”

Se retrata a comerciantes, empresarios, financieros, hombres y mujeres del pueblo, la aristocracia y los seres más humillados y pobres.

“Las candilejas del escenario a toda luz parecían incendiar el telón, cuyos pesados cortinajes de púrpura hacían evocar el lujo de palacios fabulosos, lo cual contrastaba con la pobreza del marco, donde las grietas dejaban al descubierto el yeso bajo los remates dorados. Hacía calor. Los músicos colocados frente a sus atriles, afinaban sus instrumentos emitiendo ligeros trinos de flauta, ahogados suspiros de corno o notas cantarinas de violín, que se confundían con el creciente parlotear de los espectadores. Aquello era un manicomio: todos hablaban, se empujaban, se maltrataban para tomar las butacas por asalto, y los empellones por los corredores eran tan bruscos que las puertas apenas daban paso a la enorme ola de personas. Se oían voces que nadie entendía, rozamientos de vestidos y se presenciaba un desfile interminable de trajes y peinados, de cuyos mil colores resaltaba el negro de los fracs y las levitas.”

Zola es un especialista en describir lugares en cierto modo desagradables. Podemos hasta oler sus descripciones. En esta ocasión describe un teatro, pero su cara real, tras bambalinas.

Naná se aburre de sus amantes ricos, así que se enreda con un cómico del teatro, Fontan, a quien además mantiene. Éste, a cambio, le da soberanas palizas y ella, mientras más le pega, más le quiere.

“Naná volvía a estar necesitada de dinero y no había lugar para las bromas. Cuando la Tricon (la que le busca clientes) no le avisaba, lo cual era frecuente, no sabía dónde ir. Entonces, acompañada de Satin (una prostituta amiga suya), rondaba las cenagosas calles de París a la brumosa claridad de las lámparas de gas. Frecuentaba de nuevo los salones de baile, los lóbregos rincones de los bulevares exteriores, los guardacantones donde la abrazaban los hombres cuando apenas contaba quince años. Satin, que había debutado en el Barrio Latino, llevó ahí a su amiga para que conociera el salón de Bullier y las cervecerías del Bulevar Saint-Michel, pero como las vacaciones se acercaban, había gran miseria en ese barrio; entonces volvió a sus correrías por los bulevares centrales, donde al fin y al cabo era donde tenían más suerte; desde los altos de Montmartre hasta la explanada del Observatorio, recorrían la ciudad entera; noches lluviosas en que se les calaban las botas; noches calurosas cuando se les pegaban las blusas a la piel, caminatas sin fin, empujones y peleas, y brutalidades de un transeúnte conducido a un hotelucho, que bajaba los sucios escalones lanzando juramentos.”

… y todo ello para mantener a Fontan…

“Satin había desarrollado una excelente percepción: bien sabía que las noches húmedas parisienses, saturadas de un peculiar olor a alcoba cerrada, enardecen a los hombres. Y entonces acechaba a los mejor vestidos, aunque con cierto temor, pues ya había descubierto que los más elegantes solían ser los más degenerados; todo su barniz saltaba, y la bestia quedaba al descubierto, exigente, con sus gustos monstruosos, refinando su perversión. Pero aquella arrastrada de Satin, carecía del sentido del respeto, y se precipitaba a las ventanillas de los coches de lujo diciendo a sus ocupantes que sus cocheros eran más amables porque respetaban a las mujeres y que no las mataban con ideas estrambóticas de otro mundo. La caída de la gente del gran mundo en la cúpula del vicio seguía sorprendiendo a Naná, que conservaba prejuicios que Satin trataba de quitarle.”

“La sociedad entera, de lo más alto a lo más bajo, todo el mundo se revolcaba en el fango.” 

Mientras anduvo con Fontan, Naná cayó en lo más bajo, siendo Satin su compañera de correrías.

“Y ya en la cama, abrazó con vehemencia a Naná para serenarla. Toda vez que el nombre de Fontan asomaba a los labios de su amiga, Satin se apresuraba a borrarlo con un beso. Naná, viéndose envuelta en aquellos brazos acariciantes, poco a poco se fue tranquilizando. La ternura ya la había contagiado y devolvía las caricias a Satin. Al dar las dos aún estaba encendida la lámpara y ambas mujeres sonreían prodigándose frases de amor.”

Naná deja a Fontan y regresa con el conde Muffat, somenzando el esplendor de nuestra protagonista:

“Pese al lujo y a sus amantes, Naná se hastiaba, encontrando insoportable aquella vida. Tenía hombres para cada hora de la noche, dinero aun en los cajones del tocador, revuelto con los peines y cepillos; mas esto no le bastaba ya. Sentía un enorme vacío interior, un hueco que la hacía bostezar de insoportable fastidio.”

 Llega a tener tanto, que se harta.

“Desde ese día, envolvió a Naná una nueva pasión. Satin fue su nuevo vicio. La instaló en su hotel de Villiers (donde ella misma vivía por regalo de Muffat)… entonces comenzaron las tardes de efusión; repetía las mismas risas y los besos que habían sido interrumpidos por la súbita presencia de los agentes en el hotel de la calle Laval (por una redada o ‘razzia’). Una noche, la verdadera relación entre ellas fue enfrentada. Naná, a quien tanto había asqueado lo que ocurría en casa de Laura –los amoríos entre mujeres-, ahora sentía en carne propia los goces de estas pasiones. Satin la enloqueció tanto más cuanto que al cuarto día desapareció, acabando de trastornar a Naná.”

 Naná se dedica a perseguirla cada vez que se escapa, ante los ojos de Muffat, quien finge no saber nada con tal de no perderla. Cada vez que Satin desaparece, Naná se pone fúrica:

“Dicha escena se repitió incontables veces. En veinte ocasiones más corrió Naná tras aquella miserable que se le escapaba por capricho, hastiada del bienestar del hotel.”

Naná y Satin ya ni siquiera se esconden de Muffat:

“Satin, que había mondado una pera, se levantó para comérsela detrás de su amiguita, apoyándose en sus hombros y diciéndole la oído cosas que la hacían morirse de risa (en una comida, delante de Muffat y demás). El último pedazo de pera quiso repartírselo con Naná y se lo ofreció, tomándolo con los dientes; las dos comieron de prisa para morderse los labios y acabar el sucio juego con un cariñoso beso. Los cuatro hombres formularon una protesta bromeando… en medio de aquellos caballeros, de sus honorables nombres, de los antiguos honores, aquellas dos mujeres, una frente a la otra, se lanzaban miradas tiernas, imponiéndose y reinando, con el abuso de su sexo y el confesado desprecio al hombre y ellos aplaudían.”

El conde Muffat aguantó todo, incluso que Naná lo despidiera del hotel para estar a solas con Satin.

Naná continuamente cambiaba la decoración. Derrochaba y vivía con gran lujo y luego no tenía ni para pagarle al panadero. Vivía con los acreedores continuamente tocando a su puerta. Cuando necesitaba dinero, acudía con la vieja Tricon. Para Naná, la casa de Tricon era lo que para los pobres, el Monte de Piedad.

Inicia la decadencia total del personaje:

“La gran ramera ya no se contenía; había reconquistado su libertad de acción y usaba de ella yendo todos los días al lago, donde iniciaba relaciones que se consumaban en otro sitio. Aquel era su nuevo placer, la pesca del hombre a pleno día, la conquista de los lechuginos ilustres que se exhibían con su sonrisa de tolerancia en el resplandeciente lujo de París.”

Naná hasta empieza a engañar a Satin con mujerzuelas que recogía en el arroyo. Se involucra con un rebaño de personas, incluidos los amigos de Muffat, arruinándolos en su afán de destrucción.

“Cuando Naná le vio definitivamente vencido, se hizo tirana: tenía el instinto de envilecerlo todo. No se contentaba con destruir las cosas; gozaba además en seducirlas. Y él, imbécil, se sometía al juego de aquella corrompida con el vago recuerdo de los santos devorados por los piojos, que se comían sus propios excrementos. Cuando le tenía en la alcoba con las puertas cerradas, se recreaba con las infamias de su amante… una noche en que él hacía el oso (lo hacía imitar a un oso), le empujó tan brutalmente, que le hizo caer con fuerza contra un mueble; al verle con un chichón en la frente soltó involuntariamente una carcajada. Desde aquel día le trató de animal y le golpeaba persiguiéndolo para darle puntapiés… todo se desplomaba, ya no quedaba nada; despedazaba a un gentil hombre, como podía romper un frasco o una bombonera, lo convertía todo en basura, en un montón de lodo de la calle.”

Empezó a llamar “marrano” a Muffat enfrente de sus amistades.

…y a todo esto, cabe señalar que Naná tiene tan sólo 18 años, cuando los periódicos la apodan ‘la Mosca de Oro’.

“Al final del artículo se establecía un paralelo entre aquella mujer y una mosca dorada como rayo de sol que alzaba el vuelo entre los tiraderos de basura, una mosca que libaba la muerte de los cadáveres que se dejaban abandonados en los caminos, para volar con un eterno zumbido y entregarse a distribuir su veneno con sólo posarse sobre los hombres que encontraba en los palacios, donde se colaba por las ventanas.”

Prácticamente todos los personajes acaban mal. Satin muere en el hospital, víctima de una repugnante enfermedad. Naná muere de viruela:

“Naná quedaba sola, con la cara descubierta iluminada por la bujía. Era un pudridero, una mezcla de humores y sangre, una paletada de carne corrompida arrojada sobre una almohada. Las pústulas habían cubierto toda la cara tocándose unas con otras, y marchitas, hundidas con un grisado aspecto de lodo, parecían ya un puñado de tierra enmohecida sobre aquella masa informe, de donde habían desaparecido las facciones. Un ojo, el izquierdo, se había deshecho por completo, en el hervor de la purulencia; el otro, semiabierto, se hundía como un agujero negro y hediondo. La nariz supuraba todavía. Una costra rojiza partía de una mejilla, invadiendo la boca y contrayéndola en una mueca siniestra. Y sobre aquella máscara horrible y grotesca de la Nada, los cabellos, los hermosos cabellos, conservaban sus reflejos de sol cayendo como chorros de oro. Venus se descomponía. Parecía como el virus recogido por ella en el arroyo, aquel fermento con que había emponzoñado un pueblo, se le había subido al rostro y se le había podrido.”

Veredicto:

Es muy simple, Émile Zola fue un genio adelantado a su época. Me baso en dos argumentos para hacer una afirmación tan obvia: no sólo es el padre del gore, sino que además estoy convencida de que Pascal Bruckner leyó Naná antes de escribir su maravillosa Lunas de hiel (¡Pillín! Seguro nadie te había descubierto la travesura, ¿verdad?).

Lectura obligada para esas personas que son víctimas del aburrimiento y no encuentran qué hacer con sus vidas. Cuidado…

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