Nación Prozac (1994)

“Gracias, por último, a Bruce Springsteen, Bob Dylan, Joni Mitchell, Lou Reed y tantos otros grandes inventores e inventoras de palabras y de música, que hicieron que mi adolescencia, y mi depresión, fuesen de alguna forma más fáciles de sobrellevar”.

¿Qué contiene?

Desesperación y la solución a dicha desesperación.

¿De qué trata?

Es la autobiografía de Elizabeth (la foto de la portada es ella), de 25 años, quien escribe para el New Yorker y es adicta al litio. Su primera sobredosis fue en un campamento de verano, con Atarax. Tenía tan sólo doce años. El Atarax es un antihistamínico. Su madre la había mandado al campamento por ocho semanas, pues trabajaba tanto que no sabía qué hacer con ella cuando no estaba en la escuela. Ese medicamento se lo habían recetado para combatir la alergia provocada por el polen. Le contó a la monitora jefe lo que pasaba, esperanzada de que entonces su madre iría por ella.

Tampoco se siente a gusto con sus compañeras, a quienes les encanta la música disco y “Grease”, mientras que a ella lo que le gusta es Lou Reed y Velvet Underground.

El libro podría resumirse fácilmente diciendo que se trata de las vicisitudes por las que pasa una chica desde su adolescencia para salir de una profunda depresión, refugiándose en la música y más adelante en la ayuda que le presta su psicóloga, pero sería demasiado simplista. Creo que es indispensable transcribir los párrafos que por lo menos a mí me llamaron más la atención:

“Elizabeth despertaba a diario sabiendo que cada hora traería un vendaval de dolor y angustia. Por eso convirtió el sexo en un acto desesperado con que conjurar el vacío, el amor en una obsesión abocada al fracaso y las drogas. La puerta de salida del infierno de Elizabeth tenía un nombre: Prozac, el fármaco que se ha convertido en la panacea de los años 90. Merced a esta sustancia química, muchas personas han recuperado el deseo de vivir, pero su uso se ha vuelto polémico. Algunos lo definen como una droga blanda, otros lo consideran el estimulante ideal de los yuppies, y todos intuyen que esta pequeña cápsula blanca y verde va a marcar el tono emocional de los últimos años del milenio. Elizabeth Wurtzel, joven periodista de la revista “Rolling Stone”, expone el horror de su propia existencia. Pero Nación Prozac va más allá del relato autobiográfico para convertirse en un informe generacional que nos habla de hombres y mujeres jóvenes que han alcanzado la madurez atrincherados en la cultura del divorcio, de la inestabilidad económica y el sida”.

La cuestión es que el Prozac comienza a ser usado por todo el mundo, y es lo que indigna en cierto modo a Wurtzel, porque ella sí lo necesita, no como los yuppies. De hecho, ella fue una de las primeras personas en ser tratada con Prozac, para combatir la profunda y constante depresión en que diariamente estaba inmersa.

En el libro comenta que lleva seis años tomando el medicamento. Es un fármaco que simplemente quita la depresión, sin tampoco hacer sentir feliz al paciente. Simplemente desvanece la depresión. Y es la doctora Sterling la única que pudo ayudarla en su depresión, al recetarle Prozac. Dedica el libro “a mi madre, con amor”.

“En el fondo, siempre he salido airosa, siempre he sido capaz de salir a pasear con mis heridas y mantenerlas bien ocultas, y siempre he reservado mis episodios depresivos más graves para aquellas semanas libres, en las que tuviera tiempo de atravesar lo que llamaríamos la versión abreviada de una crisis nerviosa en regla. Pero al final era capaz de afrontar la realidad y salir adelante. Siempre he podido cubrir los mínimos necesarios para ir tirando… por los pelos”.

“El sexo rápido y barato no tiene ningún encanto. Mi cuerpo y mi mente son demasiado complejos para eso. Veo una película como Nueve semanas y media y envidio al personaje de Kim Basinger por ser capaz de tener un orgasmo pleno, e incluso un orgasmo múltiple, bajo la lluvia y de pie, de espaldas contra una tapia, en un sórdido callejón sin salida, al tiempo que unos maleantes la persiguen a ella y a Mickey Rourke armados con cuchillos y pistolas, como un gato callejero que se pavonea con su rata recién cazada entre los dientes. Cómo me gustaría ser una de esas mujeres que se excitan tanto con toda esa parafernalia. Pero francamente, en la misma situación, yo más habría preferido un paraguas, meterme en un sitio cubierto, secarme y quitarme el frío, seguramente sin pensar para nada en el sexo”.

“Me pregunto qué tendré que hacer para convencer a un médico de que en verdad estoy desequilibrada, de que no existe otra explicación a mi habitual estado mental, al modo en que me encuentro, como si fuese uno de esos pisapapeles de plástico rellenos de confetti brillante, que se compran en Disneylandia o en una tienda de carretera, de esos que parece como si nevase dentro cuando les das la vuelta. Así es como me siento mentalmente; nieva continuamente, la climatología es variada –tempestades, ciclones- pero persisten dentro de mi cabeza”.

“-Esto le parecerá una estupidez –empecé a decir, con plena conciencia de que todo lo que yo dijera era siempre una perogrullada-, pero la verdad es que ni siquiera siento que tenga derecho a sentirme tan miserable. Ya sé que podemos volver la vista atrás, decir que mi padre me descuidó, que mi madre me asfixió, que siempre he estado en un entorno que para mí era del todo incoherente, pero… -pero ¿qué? ¿Qué más excusas necesitas? No me sentía tan mal como para mencionar Bergen-Belsen, el cáncer, la fibrosis cística y todas las demás razones de verdadero peso para estar entristecida-. Pero son muchas las personas que tienen una infancia difícil –proseguí-, mucho más difícil que la mía, y a pesar de todo al crecer son capaces de superarlo”.

“Lloro por la naturaleza elusiva del amor, la imposibilidad de tener a alguien siempre y por entero que sea capaz de colmar el hueco, ese hueco abierto que en mí se ha llenado ahora de pura depresión”.

“Hablé de aquel dolor insoportable, aunque hasta yo misma reconocía que debería estar encantada por volver a estar tan enamorada de alguien, desde los tiempos del Instituto. Pero no podía. Me imaginaba a todas horas el final, la desesperación que sufriría cuando llegase, y toda la felicidad que pudiera haber sentido en el presente me parecía no ya efímera, sino sentenciada. Cuanto más feliz me permitiera ser en el presente, más desdichada sería después”.

“Mis dones son necesarios para la vida misma, para una astuta comprensión de toda la crueldad y el dolor que hay en el mundo, no son específicos. Soy una artista manqué, una persona llena a rebosar de locas ideas y de grandilocuentes exigencias, e incluso de un mínimo de felicidad, pero carente de una forma concreta para expresarlo todo. Soy un poco como el personaje de Beatrice Dalle en Betty Blue, una mujer tan llena… tan llena de… llena de algo, no está claro el qué, pero sí que es una energía que no halla un canal de expresión. Al final se arranca los ojos con unas tijeras y es asesinada por su amante cuando ya está ingresada en un manicomio. Su vida es un total desperdicio, y la mía lleva camino de convertirse en lo mismo. Por eso lloro al final de El mejor. Aquí estoy, años más tarde, cuando supuestamente ha quedado claro que soy escritora, que a través de las palabras escapo de esta sensación de carecer de una forma artística propia (sigue…)”.

“Un psicólogo me explicó una vez que lo peor que puede hacer un terapeuta con un paciente en estado de extrema depresión es mostrarse simpático con él, porque esa amabilidad genera un estancamiento, permite que el depresivo se instale con toda comodidad en su estado de miseria permanente. Con objeto de que la terapia sea eficaz, el paciente ha de ser importunado y provocado, zarandeado incluso, forzado a toda clase de confrontaciones, y convertirse en objeto de estímulos suficientes para salir de la niebla cegadora de la depresión”.

“Mientras permanecí en mi dormitorio, en casa, descubrí que lo más duro de cada día, como les sucede a casi todos los depresivos, era sencillamente levantarse de la cama por las mañanas. Si lograba levantarme tenía al menos la posibilidad de luchar. Transcurrir el día, eso era. Tomé la decisión de intentar escribir algo, con la esperanza de que me diera la misma sensación de liberación que me había dado hacía ya muchos años. Pero en cuanto me sentaba ante la máquina de escribir me quedaba agarrotada ante las teclas. No se me ocurría maldita cosa que decir. Ni poemas, ni prosa, ni palabras siquiera. Joder, pensé, ¿qué se hace con un dolor tan inmenso que ni siquiera tiene un valor redentor? Ni siquiera puede convertirse alquímicamente en arte, en palabras, en algo a lo que sea posible atribuir una experiencia interesante, porque el dolor mismo, esa intensidad, es tan grande que se ha entretejido hasta lo más hondo de tu ser, tanto que no hay manera de objetivarlo, de dejarlo a un lado, de hallar algún tipo de belleza en él. Así es el dolor que ahora siento. Tan pernicioso que resulta estéril. La única lección que algún día sacaré de este dolor es lo terrible que puede llegar a ser. Y punto”.

Citas:

  • El libro comienza con una cita de Marguerite Duras, en El amante: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”.
  • “Empiezo a pensar que en realidad, la depresión no tiene cura, que la felicidad es una batalla constante que tendré que librar mientras siga con vida. Me pregunto si vale la pena.”
  • Heráclito: “¿Cómo puedes esconderte de lo que nunca desaparece?”
  • “A veces me tumbo en mi cama y me paso las horas oyendo música. Siempre es Bruce Springsteen, y es bien raro, tengo que reconocerlo, porque poco a poco me he ido convirtiendo en una adolescente punk típicamente urbana, y él es el portavoz de la maltratada clase obrera del extrarradio de las grandes ciudades. Pero con él me identifico tan plenamente que empiezan a entrarme las ganas de ser chico y de haber nacido en Nueva Jersey”.
  • “Yo estaba ya como un guiso pasado de especias, y los cocineros, al añadir cada cual sus condimentos, sólo conseguían que se volviera más espeso, más turbio, peor”.
  • “La nostalgia es para mí un estado del alma. Siempre echo de menos mi casa, o algún otro sitio, o lo que sea. En todo momento pretendo regresar a algún lugar imaginario. Mi vida no ha sido más que un continuo anhelo.”

Curiosidades:

  • El ballet de Balanchine es famoso porque todas las bailarinas tenían que ser flacas como cisnes, y todas se volvieron locas por las drogas y el ayuno.
  • Según ella dice, Simone de Beauvoir estaba totalmente colada por Sartre.
  • Resurgir de Margaret Atwood, es un clásico de la literatura feminista. Parece ser que fue un libro muy polémico.
  • The Hemlock Society” = Sociedad de la cicuta. Es uno de los grupos que más activamente han abogado en pro de la legalización de la eutanasia durante los últimos años.
  • Cuando alguien trata de suicidarse cortándose las venas, generalmente no funciona porque no saben que hay que cortarse las venas longitudinalmente, no de través. También falla porque la gente deja la luz encendida y se aterra al ver tanta sangre, con lo cual les da tiempo a pensarlo varias veces.
  • Loser”, de Beck, es una canción folkie, con aire de rap y que se ha convertido en el himno de los llamados “slackers”.

Veredicto:

Deprimente con toques esperanzadores y gratificante por todas sus referencias musicales.

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