Retorno a Brideshead (1945)

Et in Arcadia ego.

¿Qué contiene?

Una de las más grandes obras maestras de la literatura inglesa.

¿De qué trata?

El libro comienza con una avanzada del ejército inglés durante la Segunda Guerra Mundial, que llega a la mansión de Brideshead para ocuparla como cuartel. Charles Ryder no se siente capaz de ayudar a sus hombres, si ni siquiera puede ayudarse a sí mismo. Ryder tiene ahora 39 años, y ya conoce ese lugar…

Comienza a recordar y se va 20 años atrás, concretamente a 1923 a las regatas de Oxford. El escuchar ahora el nombre de Brideshead, fue para él como si hubieran apagado la radio, con un inmenso silencio, que poco a poco se llenaba de una multitud de sonidos dulces, naturales y largamente olvidados. Tan familiar le era ese nombre, tan mágico le resultaba su poder ancestral, que al conjuro de su mero sonido, los fantasmas de esos últimos años hechizados comenzaron a desvanecerse.

La mansión estaba frente a un prado aún inviolado y en medio corría un riachuelo: el Bride. El cauce había sido represado para formar tres lagos. Rodeado de bosques de robles y hayas. Al borde del lago, un templo dórico y un arco cubierto de hiedra. Todo, concebido y plantado, siglo y medio atrás.

Libro Primero “Et in arcadia ego”

Recuerda cuando llegó a Oxford, en la semana de las regatas universitarias:

“Oxford -hoy sumergido, arrasado, irrecuperable como Lyonnesse, por la velocidad con que las aguas lo han inundado-, Oxford, todavía, era entonces una ciudad de acuatinta. Los hombres paseaban y conversaban por sus calles espaciosas y tranquilas como en los tiempos de Newman; sus nieblas otoñales, sus primaveras grises y el esplendor excepcional de sus días de verano -como, por ejemplo, aquél-, cuando los castaños estaban en flor y las campanas repicaban claras y sonoras sobre los gabletes y las cúpulas, exhalaban la suave atmósfera de siglos de juventud. Era esa quietud claustral la que prestaba resonancia a nuestra risa y la preservaba, alegremente, a pesar del clamor momentáneo.”

Recuerda un día en especial, cuando Sebastian entró por su puerta y le propuso escaparse unas horas de Oxford y las regatas. Para ello, Sebastian ya había conseguido un automóvil (un descapotable Morris-Cowley de dos plazas), una cesta de fresas y una botella de Chateau Peyraguey. Sebastian iba al volante, con su inseparable oso de peluche (Aloysius).

Sebastian rara vez habla de su familia. Concretamente se refiere a su padre como un leproso social. Ese día comieron fresas y bebieron vino sobre un montículo cubierto de hierba mordisqueada por las ovejas, bajo un grupo de olmos, y tal y como Sebastian le prometió, la combinación de vino y fresas, resultó deliciosa. Luego, encendieron gruesos cigarros turcos y se tendieron de espaldas sobre la hierba. La mirada de Sebastian se fijó en las hojas de los árboles, y la de Charles se fijó en el perfil de Sebastian, mientras el humo gris azulado ascendía, sin que ningún viento lo estorbara, hacia las sombras verdiazules del follaje. Los envolvía la dulce fragancia del tabaco, mezclado con los no menos dulces aromas del verano y los vapores del dorado y exquisito vino. Sebastian dijo que aquel era el lugar perfecto para enterrar una hucha llena de oro. De hecho le gustaría enterrar un objeto precioso en cada lugar donde haya sido feliz, y al ser viejo, feo y triste, volver para desenterrarlo y recordar.

El primo de Charles, también estudiante de Oxford, le da consejos: vestirse como en una casa de campo. Nunca llevar chaqueta de “tweed” ni pantalones de franela, siempre un traje. Si desea ser socio de la “Union” (asociación de debates de la Universidad), debe primero forjarse una reputación, por ejemplo, haciendo artículos de una revista. Le dice que tenga cuidado con los anglocatólicos, pues todos son sodomitas y con un acento desagradable, y que se mantenga aparte de los grupos religiosos pues sólo traen problemas.

A Charles le hubiera gustado pensar que decoró sus habitaciones con paneles pintados del siglo XVIII, con telas Morris y grabados Araundel, y que tenía las estanterías repletas de tomos del siglo XVII y novelas francesas del Segundo Imperio encuadernadas en tela tornasolada y cuero de Rusia, pero en vez de eso, colgó una reproducción de Los Girasoles de Van Gogh.

Charles conocía a Sebastian de vista mucho antes de su primer encuentro con él.

“Era inevitable que ocurriese, ya que, desde su primera semana en Oxford, era el estudiante que más se destacaba de su año en razón de su belleza, que era impresionante, y de las excentricidades de su conducta, que parecían no tener límites. Le vi por primera vez, en la puerta de la barbería, y en aquella ocasión, me impresionó mucho menos su físico que el hecho de que llevara un gran oso de peluche en brazos…”

Era el segundo hijo del Marqués de Marchmain y había ido a la barbería por un cepillo de cerdas duras para amenazar a su oso con una azotaina si se portaba mal. Se conocen una noche en que Sebastian, borracho con sus amigos, se asoma por la ventana de la habitación de Charles, las cuales daban al campus, y vomita dentro. Al día siguiente, Sebastian le llena a Charles sus habitaciones de flores y le deja una nota en la que le pide disculpas y lo invita a almorzar. Charles piensa que era típico de Sebastian, el dar por supuesto que Charles sabía donde vivía, y lo cierto es que sí lo sabía. Charles acepta la invitación, pues en aquellos días, iba en busca del amor, y se presentó lleno de curiosidad y de la aprensión -no reconocida por su parte- de que, allí, por fin, descubriría esa puerta baja escondida en el muro que otros, lo sabía, habían descubierto antes que él, que llevaba a un jardín secreto y encantado, en alguna parte oculto, sin que ninguna ventana del corazón de aquella ciudad gris se asomara a él.

Así describe a Sebastian:

“Era fascinante, de una belleza epicena que durante la extrema juventud canta al amor a viva voz y languidece al soplo del primer viento frío.”

Las habitaciones de Sebastian estaban adornadas con un extraño revoltijo de objetos. Un armonio de caja gótica, un pie de elefante que hacía de papelera, un cimborrio de frutas de cera, dos jarrones de Sevres, dibujos enmarcados de Daumier. Comieron huevos de chorlito y langosta de Newburg. Entonces llega el último invitado: Anthony Blanche. Era alto, esbelto, atezado de grandes ojos insolentes. Medio francés, medio yanqui, medio, quizá, judío; totalmente exótico. Anthony Blanche era el esteta “par excellence” de la universidad.

Un día, Sebastian lleva a Charles a su casa. Detiene su coche, y en vez de decir “esta es mi casa”, dijo “ahí vive mi familia”. Entran, pero no hay nadie salvo la Nana, pues todos se han ido a Londres. A Sebastian le entra prisa por irse antes de que llegue su hermana, ya que no quiere que Charles se relacione con su familia. Él los describe como demencialmente encantadores, y afirma que le han quitado cosas a lo largo de toda su vida. No desea que le quiten a Charles y lo hagan “su” amigo y no de él. Rápidamente le enseña Brideshead, que el día del cumplieaños de la reina Alexandra es abierta al público por un chelín. Logran irse a tiempo, ya que se topan con un Rolls Royce en el que iba Julia, su hermana.

“Sebastian estaba de mejor humor. Cuanto más nos alejábamos de Brideshead, más parecía librarse de su desazón… de la inquietud e irritabilidad apenas insinuadas que se habían apoderado de él. Avanzábamos de espaldas al sol y parecíamos estar persiguiendo nuestra propia sombra.”

El padre de Sebastian se marchó a Francia con la guerra y nunca más volvió. Su madre, católica, no quiere o no puede divorciarse. Es en esa época en que Charles compra una calavera de la facultad de medicina, que llevaba el lema “et in arcadia ego” grabado en la frente. Charles recuerda aquel trimestre de verano junto a Sebastian:

“Era como si se me hubiese otorgado un breve periodo de lo que nunca había conocido; una infancia feliz. Y aunque nuestros juguetes fueran camisas de seda, licores y cigarros y nuestras travesuras figurasen en los primeros puestos de las listas de pecados graves, en todo lo que hacíamos había cierta frescura infantil que no distaba mucho de la alegría de la inocencia.”

Charles frecuenta también a Anthony Blanche, quien al mismo tiempo le inspiraba un temor reverente.

“En su infancia habían intentado hacer de él un inglés; pasó dos años en Eton; luego, en plena guerra, desafió a los submarinos para reunirse con su madre en la Argentina. A su séquito de mayordomo, doncella, dos choferes, un pequinés y un segundo marido, se añadió un listo y audaz colegial. Viajó con ellos de aquí para allá alrededor del mundo, habituándose a la perversidad como un paje de Hogarth. Al llegar la paz, volvieron a Europa, a los hoteles y las villas amuebladas, a los balnearios, casinos y baños de mar. A los quince años, para ganar una apuesta, lo disfrazaron de niña y lo llevaron a jugar a la mesa grande del jockey club de Buenos Aires. Cenó con Proust y Gide, y conoció más íntimamente a Cocteau y Diaghilev. Fairbank le mandaba sus novelas con ardientes dedicatorias. Provocó tres amistades irreconciliables en Capri. Y, según él mismo contaba, había practicado la magia negra en Cefalú, se había curado de la adicción a las drogas en California y de un complejo de Edipo en Viena.”

“Era también, cruel, como los niños que torturan alegremente a los insectos, y temerario como un niño cargando con la cabeza baja y los puñitos en ristre contra los mayores del colegio.”

Anthony a menudo era acusado de vicios pervertidos y de ser invertido, lo cual él nunca negaba.

Llegan las vacaciones de verano y Charles las pasa con su padre, ya que Sebastian no lo incluyó en sus planes. Su padre es muy frío y a veces parece como si le molestara la presencia de Charles, pasándose casi todo el día encerrado en la biblioteca. La relación con Sebastian es muy ambigua. De hecho, cuando Sebastian le escribe en verano, se despide así: “un beso o lo que prefieras.” Sebastian le escribe pidiéndole que vaya, ya que está gravemente enfermo, (siendo que en realidad se había roto un huesito del tobillo jugando croquet). Charles acude a su llamado y lo recoge Julia en la estación.

“Se parecía tanto a Sebastian que, sentado a su lado a la luz menguante del anochecer, me sentía confundido por una doble ilusión de familiaridad y extrañeza (…). Yo la conocía, pero ella no me conocía a mí. Su cabello oscuro era apenas más largo que el de Sebastian; el viento se lo echaba hacia atrás, como al de su hermano. Los ojos que miraban la carretera oscura eran los de él, pero más grandes. La expresión de su boca pintada era menos amistosa. Llevaba en la muñeca una pulsera de pequeños amuletos, y en las orejas dos argollas de oro. Su abrigo de verano revelaba unas pulgadas de un vestido de seda estampado; las faldas se llevaban cortas en aquella época, y sus piernas, estiradas hacia los pedales del coche, eran largas y delgadas, asimismo acordes con la moda de entonces. Como el sexo era la diferencia palpable entre lo familiar y lo extraño, parecía llenar el espacio entre nosotros, de manera que me resultaba especialmente femenina, sensación que ninguna otra mujer me había inspirado con tanta intensidad.”

“Era la primera vez en mi vida que alguien me pedía eso y, al quitar el cigarrillo de mis labios y colocarlo entre los suyos, sentí un leve deseo sexual, que sólo yo percibí.”

Se nota un deje de desprecio en la voz de Julia, por la disponibilidad de Charles. Sebastian diría después, que a Julia no le cae bien nadie. Durante aquellos días en Brideshead, se cree muy cerca del Paraíso. Sebastian le cuenta que lo llaman castillo porque eso es lo que era, antes de que lo trasladaran ahí. Sebastian expresa su tristeza, porque Brideshead siempre está llena de bestias rapaces.

Charles, a petición de la familia de Sebastian, comienza a decorar el castillo con sus frescos. En aquella época, Sebastian y Charles beben mucho. Se sentaban en el saloncito pintado, con tres botellas abiertas sobre la mesa y tres vasos delante de cada uno. Siguieron al pie de la letra las instrucciones de un libro sobre el arte de catar vinos. Primero, calentaban ligeramente el vaso a la llama de una vela, llenaban tres cuartas partes, hacían que el vino se arremolinara, lo sostenían cariñosamente entre las manos, lo levantaban hacia la luz, aspiraban su aroma y tomaban un sorbo, llenándose la boca y haciéndolo pasar por encima de la lengua, y chasqueando ésta contra el paladar como quien echa una moneda sobre el mostrador, inclinaban la cabeza hacia atrás y dejaban caer suavemente el líquido por la garganta y al tiempo que las botellas se vaciaban, sus alabanzas se tornaban cada vez más exóticas.

Sebastian sugiere ir a Venecia con su padre y llevarse a Charles, viajando en tercera para poderle pagar a Charles el pasaje. Sebastian afirma haber estado ya en Venecia. De hecho fue en barco… la mejor manera de llegar. Su padre vive en una casa con frescos de Tintoretto y escaleras de mármol, (con cierto toque sibarita y byroniano), con su amante Cara. Todo en la casa era de mármol, terciopelo o yeso mate y dorado. Charles tiene entonces diecinueve años. Los quince días en Venecia pasaron rápida y dulcemente… quizá demasiado dulcemente. Charles se estaba ahogando en miel, sin sentir el aguijón. Cara se refiere así, a la amistad entre Sebatian y Charles:

“Estas amistades románticas se dan entre ingleses o alemanes, pero no entre latinos. Creo que son muy positivas si no duran demasiado.”

Sobre Sebastian dice:

“Sebastian está enamorado de su propia infancia. Eso le hará muy desgraciado. Su osito de juguete, su nanny… y tiene diecinueve años…”

Regresan a Oxford, que ya les aburre. Anthony Blanche se marchó a Munich, pues se vinculó con un policía de ahí. Sebastian olvida a Aloysius. Caen en una especie de anarquía. En el caso de Sebastian, su año de anarquía había colmado una profunda necesidad interior (evadirse de la realidad) y, al verse limitado donde antaño se sentía libre, a veces se volvía apático y melancólico. Charles cada vez se aproxima más a la madre de Sebastian, lo cual no agrada a este último.

Un día Julia va a visitarlos a Oxford y va acompañada de Rex Mottram, bien parecido, moreno, de cejas pobladas, el pelo le crecía bien entrada la frente. Tenía acento canadiense y no más de treinta años. Julia lo trataba (como parecía tratar a todo el mundo) con ligero desprecio, aunque también con gesto posesivo.

Es en esa época, que Sebastian tiene problemas con la policía por conducir borracho. Se volvió alerta, suspicaz y cauteloso con respecto a su familia y religión. Charles se da cuenta de que él también comienza a resultarle sospechoso; de hecho, dejó de formar parte de la soledad de Sebastian, a medida que crecía su intimidad con la familia, convirtiéndose en parte del mundo del que Sebastian anhelaba escapar.

A Sebastian le ponen un tutor: Samgrass, quien aprovecha así para convertirse en inseparable de la familia, siempre viendo qué poderles sacar. Sebastian está cada vez más triste, lo cual desemboca en una especie de hosquedad hacia Charles. Sólo estaba alegre, borracho. Bebía para evadirse. Al hacerse mayores, Charles bebe cada vez menos, pero Sebastian cada vez más. Empezó a beber nervioso y a escondidas. Los miembros de su familia, demasiado ocupados en sus cosas e invitados, como para darse cuenta. Su voz comenzó a adquirir la pastosidad propia del borracho. Charles se lo comenta a Julia, quien sólo dice que Sebastian es un egoísta. Al tratar Charles de ayudarlo, Sebastian lo cree un espía de su madre. Sebastian está avergonzado de sentirse desgraciado, y acaban por expulsarlo de Oxford por un trimestre, aunque nunca más regresaría. Charles decide entonces irse él también, pues Oxford no tiene ningún sentido sin Sebastian. Se va a estudiar pintura a Francia. Luego lo invitan a pasar una navidad con ellos. Sebastian tenía muy mala cara. Cinco meses le habían cambiado más que muchos años. Más pálido y delgado. Con bolsitas debajo de los ojos, las comisuras de los labios caídas, y la huella de un forúnculo a un lado de la barbilla. Con voz apagada y movimientos apáticos y nerviosos. Abandonado en el vestir y en el cuidado de su cabello que, si antes lucía alegremente desordenado, ahora estaba desgreñado. Su mirada, lo peor de todo, ahora era cautelosa. Lady Marchmain se limita a dejar el cuidado de su hijo a Samgrass, y a mandarlos al extranjero. Julia solo se preocupa por no quedar en ridículo con Rex, por culpa de Sebastian. Sebastian le dice a Charles que realmente no puede servirle de gran ayuda, por lo cual Charles regresa a París.

Más tarde, Charles se entera de que Sebastian desapareció: huyó.

Libro Segundo: Adiós a Brideshead

Charles se encuentra en París con Rex, quien vaticina un disgusto económico muy fuerte para los Marchmain. Sus abogados les dan todo el efectivo que piden, con tal de que no les hagan preguntas. Tienen jaurías de perros zorreros, no suben el alquiler a nadie, no despiden a nadie, docenas de viejos criados que no dan golpe servidos a su vez por otros criados. Rex le dice que piensa casarse con Julia, pero debe hacerlo antes de que su familia, al darse cuenta de su situación, le pueda quitar la dote. Rex lo que quiere es una mujer, y quiere la mejor del mercado. Es hasta la mitad del libro, exactamente, que Charles habla de Julia:

“Ha llegado el momento de hablar de Julia, quien hasta ahora ha desempeñado un papel intermitente y algo enigmático en el drama de Sebastian. Así la veía yo en aquella época y, sin duda, ella se formó de mí una idea parecida. Perseguíamos metas separadas que nos acercaban el uno al otro, pero permanecíamos alejados. Me contó más tarde que el apunte mental que había hecho de mi persona le recordaba lo que sucede cuando recorremos una estantería en busca de un libro determinado, y a veces, nuestra atención es atraída por otro libro. Lo cogemos, echamos un vistazo a la portada y pensamos ‘cuando tenga tiempo debo leer este libro también.’ lo dejamos en su sitio y proseguimos nuestra búsqueda. Por mi parte el interés era más vivo, debido al parecido físico entre hermano y hermana, que seguía emocionándome cada vez que lo captaba, contemplándolos en diferentes posturas, bajo luces diversas. Cuanto más parecía Sebastian desvanecerse y desintegrarse, día a día, en su rápida decadencia, tanto más clara y resplandeciente se volvía Julia. En aquella época era delgada, de escaso pecho y largas piernas; toda ella parecía sólo cabeza y miembros, intangible, estilizada; hasta aquí se adecuaba a los cánones de la moda, pero ni en el peinado y los sombreros de la época, ni la expresión vacía de la boca y los ojos pintados, ni las carnavalescas manchas de colorete en los pómulos bastaban para asfixiar su personalidad. Cuando la conocí aquel atardecer del verano de 1923, el día en que fue a buscarme a la estación y me llevó a la casa, acababa de cumplir dieciocho años y de pasar su primera temporada en Londres.”

En el momento en que fue a buscarlo, Charles no era su hombre. Rex, en cambio, era más misterioso, de posición. El tipo de hombre que sus amigas envidiarían. Tras un año de noviazgo secreto, en que Rex se dedicó a engañarla con su antigua amante, se casan y aunque Rex deseaba una boda regia, la ceremonia no lo es, además de casarse por el rito protestante, ya que Rex era divorciado. De todo esto se enteraría Charles, diez años después, en una tormenta en el Atlántico.

Charles se encuentra en un baile con Anthony Blanche, quien le cuenta que Sebastian vivió un tiempo con él en Marsella, además de robarle hasta la ropa, para poder beber. De ahí se fueron a Tánger, donde Sebastian conoció a un “nuevo amigo”: un simplón alemán gigantesco que había estado en la Legión Extranjera. Salió de ella disparándose un tiro en el dedo gordo del pie. Aún estaba convaleciente cuando Sebastian lo encontró en Kabah muerto de hambre, y se lo llevó a vivir con él. Cree que finalmente se encuentran en el Marruecos francés. Charles va a Marruecos a buscar a Sebastian, por petición de Lady Marchmain quien está muriéndose. Lo encuentra por medio del consulado. En casa de Sebastian encuentra al alemán, con un pie lleno de pus por más de un año, y una sífilis de segundo grado. Le informa que Sebastian está en un hospital con monjes franciscanos. Sebastian no puede viajar, pues está muy débil, sin defensas y totalmente alcohólico. Sebastian le dice que el alemán es muy importante para él, pues toda su vida lo habían estado cuidando y ahora él tenía a alguien lo suficientemente inútil como para poder cuidar de él, a pesar de saber que Kurt sería capaz de hacerle firmar un talón por la cantidad que quisiera cuando está borracho.

Libro tercero: Tirando del hilo

Bridy, hermano de Sebastian, le encarga a Charles hacer unas pinturas de Brideshead, ya que van a demoler la propiedad para hacer edificios. Luego se va a México y América Central, buscando inspiración, por dos años.

Regresa a Nueva York con su esposa, y su obra se exhibe en Londres. Es un éxito. Él y su esposa se embarcan hacia Inglaterra y da la casualidad de que en el barco viaja también Julia. Charles se dirige solo al bar del barco, donde pasa de largo a una mujer que lo llama por su nombre: era ella. Julia le hablaba como si hubieran pasado semanas en vez de años. Como si hubieran sido grandes amigos antes de separarse. Era exactamente lo contrario a lo que solía suceder en tales encuentros, cuando se descubre que el tiempo ha edificado sus propias líneas de defensa, camuflado los puntos vulnerables y dispuesto un campo de minas en todos los accesos. Ella levantó lentamente la mirada de su taza de chocolate y lo contemplaba con sus hermosos ojos serios. Entonces le contó todo lo referente a su matrimonio con Rex. Le dice a él que ha cambiado. Tan delgado y tan serio… no se parece en nada al niño bonito que Sebastian llevó a casa. Más duro también. Pero ella era más suave ahora.

“Aún no tenía treinta años, pero se acercaba al cenit de su belleza, con todas las promesas de hermosura cumplidas con creces. Había perdido aquel aire de muchacha flaca y moderna; la cabeza que yo solía llamar de “quattrocento“, que antes producía una impresión extraña, ahora formaba parte de ella misma y no resultaba en absoluto florentina (…) su hermosura era su propia esencia y sólo podía ser reconocida en Julia dentro de su propia jurisdicción y en el amor que yo pronto iba a sentir por ella (…) los años la habían entristecido. Parecía decir: ‘miradme. Yo he cumplido con mi parte del trato. Soy hermosa. Mi belleza se aparta por completo de lo usual. Estoy hecha para el deleite. Pero ¿qué saco yo de ello? ¿dónde está mi recompensa?’.”

Su esposa Celia organiza un cóctel en el camarote. Se avecina tormenta. Charles se siente extraño entre tanto “amigo” desconocido. Sólo piensa en Julia, pero ella no aparece.

“Mi mente daba vueltas. Después del cotorreo febril de la fiesta de mi mujer, tras las emociones todavía no sedimentadas de aquella tarde, después del esfuerzo que exigían las diversiones de mi mujer en Nueva York, de los meses de soledad y las verdes y humeantes sombras de la selva, aquello era demasiado. Me sentía como el Rey Lear en el páramo. Como la Duquesa de Malfi acosada por los locos. Evoqué inundaciones y huracanes y, como por arte de magia, llegó inmediatamente una respuesta a mi llamada de socorro.”

A la hora de la cena, se quedaron finalmente en la mesa del capitán, Julia, Charles y su esposa. Telepáticamente, Julia dijo: ‘Como el Rey Lear’, lo cual Celia no entendió.

Al día siguiente, Charles le manda rosas a Julia. La mujer de Charles queda indispuesta por el resto de la travesía, a causa de los mareos, así que Charles y Julia se dedican a pasear juntos, al tiempo que Charles piensa que con Julia no existen fases, ni cabe táctica alguna, como en sus galanteos anteriores. Charles confiesa haberse casado con Celia, por mera atracción física y por soledad; porque echaba de menos a Sebastian, quien fue el precursor. Julia le cuenta que ella ahora vive con Rex en Brideshead, y Bridy, quien a su vez vive con su esposa en las habitaciones de arriba. Está harta de las fiestas de Rex, en que se la pasan apostando cualquiera que sea el motivo. Siente que está siendo castigada por haberse casado con Rex. Además, perdieron una niña. A Julia cada vez le cuesta más trabajo quitarse de la cabeza, cosas como la muerte, el Juicio Final, el Cielo, el Infierno… Ahora, la recompensa de Julia es su tristeza.

Un día, mientras pasean por cubierta, Julia deslizó su mano en el bolsillo de Charles, junto a la suya. Al avanzar, con dificultad y lentitud, se vieron alternativamente empujados el uno contra el otro, luego separados, casi siempre del todo, con brazos y dedos entrelazados mientras Charles se aferraba a la barandilla y Julia se agarraba a él, de nuevo unidos con violencia, de nuevo desunidos. Llegó un momento en que quedaron mejilla contra mejilla, el cabello de Julia cubriéndole los ojos. La caída del día sorprendió a Charles mirando a través del pelo oscuro de Julia, un cielo ancho y dorado. Sintió su aliento cálido en el viento salado, cuando Julia le dijo: ‘sí, ahora.’

“No era momento de ternuras superfluas; éstas llegarían, en su momento, con las golondrinas y las flores de tilo. Ahora, con las aguas revueltas, había que cumplir, sin más, una formalidad. Era como si se hubiera redactado y firmado un acta de entrega de sus estrechas caderas. Yo iba a tomar posesión de una propiedad que luego disfrutaría y ensancharía sin prisas.”

Julia le recuerda continuamente a Sebastian. Sebastian estaba a su lado cada día, habitando en el interior de Julia; o mejor dicho, era Julia a quien Charles había conocido en él, durante aquellos distantes días en Arcadia. Charles no olvidaba a Sebastian. Cuando van a vivir a Brideshead, Julia y él, cada piedra de la casa se lo recuerda.

Sebastian se está muriendo en un monasterio cerca de Cartago, donde pidió que lo admitieran como misionero lego. Todos ahí lo quieren mucho. Hacerse querer siempre fue un don de Sebastian. Con barba descuidada y bastante calvo, Sebastian se muere en ese monasterio, pero sin perder su dulzura. A Kurt lo encarcelaron los alemanes en Grecia, en una época en que estaban reuniendo a sus compatriotas de todas partes del mundo para hacerlos nazis. Kurt acabaría ahorcándose en un campo de concentración, donde lo habían ya encerrado varias veces por tratar de desertar. Sebastian acabará muriendo, borracho y sin dignidad en ese monasterio. Es un final difícil de predecir, al joven con el oso de peluche paseando por debajo de los castaños en flor.

Lord Marchmain regresa a Brideshead para morir. Su habitación ahí tenía un aspecto “hogarthiano”: la mesa puesta cerca de la grotesca chimenea, la “chinoiserie“, y el anciano, nimbado de almohadas, sorbiendo champaña y rodeado de espejos dorados y muebles barnizados. Lord Marchmain cambia su testamento y decide dejarle todo absolutamente a Julia. Muere Lord Marchmain y es en ese momento en que Julia se da cuenta de que debe decirle adiós a Charles para siempre, lo cual Charles sabía que sucedería. Ella considera que siempre ha sido mala, y de volver a serlo, sería nuevamente castigada. Necesita estar más cerca de Dios, lo cual no podría hacer en caso de empezar una nueva vida, casándose con Charles. Charles le dice que la comprende, pero que al mismo tiempo, espera que a ella se le destroce el corazón.

RAE (o… por favor, amplía tu vocabulario):

  • Gabletes = Elemento ornamental gótico formado por dos líneas rectas en ángulo muy agudo en la cúspide, adornado con florones, situado en la fachada de los edificios.
  • (belleza) Epicena = Dícese del género de los nombres de animales cuando con una misma terminación y artículo designan al macho y a la hembra.
  • Cimborrio = Cúpula. Cuerpo cilíndrico que sirve de base a la cúpula y que suele tener aberturas de iluminación.

Citas:

  • “No importa lo que la gente diga de ti, con tal de que no te llame pastel de pichón y te devore.”
  • La siguiente cita le da nombre al tercer libro de la novela: “Le cogí (al ladrón) con un anzuelo y una caña invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo.”
  • “Al secarse los pozos de agua, la gente trataba de beber en el espejismo.”

Curiosidades:

  • Colleges” = La universidad de Oxford Consta de una serie de residencias -“colleges“-, algunas de gran belleza y antiguedad. Cada una comprende una capilla, comedor, jardín y viviendas de los estudiantes.
  • Lyonnesse = En las leyendas del Rey Arturo, país hoy sumergido entre Land’s End y las islas Scilly, donde nació Tristán.
  • Evelyn Waugh: “The reader is left to draw his own conclusions”.
  • Las primeras novelas de Waugh contienen una crítica a la sociedad del siglo XIX. Hemingway fue una gran influencia para él. Compartió con los escritores de los años veinte (como por ejemplo Huxley y Scott Fitzgerald), el sentido del destino.
  • El personaje de Lady Marchmain es una encarnación de los conflictos que el propio Waugh tenía con la religión católica. Y la relación entre Charles y su esposa, refleja el desastroso primer matrimonio de Waugh con su esposa (que por cierto también se llamaba Evelyn, y quien era “boy-looking”).
  • La homosexualidad en el Oxford de los años veinte era una moda.
  • El personaje de Anthony Blanche está basado en dos conocidos de Waugh: Harold Acton y Brian Howard.
  • Waugh siempre rechazó las interpretaciones biográficas a su obra, e insistía en el sentido artístico de las mismas, pero es innegable el alto contenido biográfico de toda su obra.
  • Aloysius era el equivalente del Archie de John Betleman’s (un oso u otro animal).

Elemento plástico y literatura ilustrada:

A continuación, las fotos que tomé en Oxford, exactamente en el College donde Evelyn Waugh ubica su Arcadia…

Veredicto:

Joya de valor inconmensurable, sobre todo para quienes alguna vez también estuvimos en nuestra propia Arcadia.

Anuncios