Opus nigrum (1974)

  “No se es libre mientras se desea, se quiere, se teme. Tal vez no sea uno libre mientras vive.”

 ¿Qué contiene?

Novela histórica de la Edad Media con mucha información sobre la estructura social y política de la época, así como información sobre la Alquimia.

¿De qué trata?

La novela está ambientada aproximadamente en 1549, época en que la peste llega a Alemania y Nostradamus está en París prediciendo el porvenir. Son épocas en las que a todo el que está descontento, le colocan la etiqueta de protestante.

Henri maximilien (16 años) se dirige a París. Había abandonado su casa natal de Brujas y su porvenir de hijo de mercader (su padre era un hombre que podía subir y bajar el precio de los productos y que concedía préstamos a los príncipes). En el camino se encuentra a Zenón (20 años), aficionado a la Alquimia, quien abandonó la escuela de teología y se dirige a Compostela a reunirse con el prior de los Jacobitas de León donde pretende aprender todo lo que éste pueda enseñarle. Henri representa el poder (potestas) y Zenón al saber (auctoritas). Caminan uno al lado del otro. Zenón había nacido en Brujas en casa del padre de Henri y era hijo de un joven prelado que había destacado en la corte de los Borgia. Su madre era hermana del padre de Henri. El padre de Zenón (Micer Alberico, primo de Juan de Médicis) pasaba mucho tiempo buscando en monasterios neerlandeses de Brujas, antiguos manuscritos olvidados.  Abandona a la madre de Zenón, con quien tuvo un romance y la dejó embarazada sin saberlo. Así, su madre hacía extensiva a él, la reprobación que sentía hacia sí misma.

Llega un nuevo huesped a casa de Henri, Simon Adriansen, un mercader. Micer es nombrado cardenal a los 30 y luego fue asesinado en Roma durante una orgía en la viña de los Farnesio. Se rumoreaba que el culpable del asesinato fue su primo Julio de Medicis. Simon e Hilsonde (la madre de Zenón) se enamoran y al quedar viuda, se casa con Simon. Zenón se volvió clérigo. Para un bastardo, el medio más seguro de vivir acomodadamente y de acceder a puestos honoríficos era ser clérigo. Así, Zenón aprendió latín, griego y algo de alquimia. Creció entre libros, plumas de ganso y tinteros y estudió teología en Lovaina.

Esta primera parte del libro me desconcierta, porque aunque aporta información que permite delinear el perfil del personaje protagonista (con detalles como el hecho de que Zenón prefiera la compañía de los libros y manifieste un relativo desprecio hacia las mujeres, lo cual levanta sospechas de que mantiene comercio con los espíritus súcubos), me parece que es demasiado larga y en muchos pasajes, incluso es ajena a la trama principal.

En mi opinión, la parte interesante comienza cuando Zenón (ya convertido en todo un médico, alquimista, pirotécnico y astrólogo) regresa a Brujas después de haber estado sirviendo al rey de Suecia, huyendo de la Inquisición. Ahora es un hombre huraño y de pelo gris al que 40 años de trabajo le habían permitido ahorrar lo preciso para vivir desahogadamente.

Zenón se vanagloriaba ahora de ser aficionado a las curiosidades herméticas, tales como “La tríada inefable” o “El mercurio lunar”.  Su mejor amigo, Jean Meyers, muere por una congestión ocasionada por la gota, pero en realidad lo había envenenado su criada con unos venenos de Zenón y aprovechando que Meyers había hecho testamento dejándole todo a Zenón, éste se dedica a practicar la medicina bajo el nombre Sebastien  Théus, bajo una existencia clandestina.

“Los seres que lo habían acompañado o que habían pasado por su vida, sin perder por ello nada de las particularidades bien distintas, se confundían en el anonimato de la distancia como los árboles del bosque que vistos desde lejos parecen meterse unos dentro de otros.”

Zenón había leído en Nicolas Flamel la descripción del Opus Nigrum, la experiencia de la disolución y calcinación de las cosas, parte más difícil de la Gran Obra. Don Blas de Vela le había afirmado a menudo que la operación tendría lugar por sí misma se quisiera o no, cuando se dieran las condiciones para ello necesarias. Aquella separación alquímica, tan peligrosa que los filósofos herméticos no hablaban de ella sino a medias palabras, tan ardua que muchas vidas se habían consumido en vano para obtenerla él la había confundido antaño con una fácil rebelión. Zenón había optado por disolver y coagular (solve et coagula, o sea, la ruptura de las ideas y la resquebrajadura en el seno de las cosas) la materia en sentido de una experimentación realizada con el cuerpo de las cosas. Ahora, las dos ramas de la parábola se unían: la Mors philosophica se había realizado, el operador quemado por los ácidos de la búsqueda era a la vez sujeto y objeto, frágil alambique y en el fondo del receptáculo, precipitado negro. Quería ello decir que las fases subsiguientes de la aventura alquímica fueran algo distinto de los sueños y que algún día él podría conocer la pureza ascética de la piedra blanca y luego el triunfo del espíritu y los sentidos que caracteriza la piedra roja. Del fondo de la resquebrajadura nacía una quimera.

Así, Zenón empieza a experimentar. La completa carencia de miedo, le permitía aplicar sus métodos más libremente, casi siempre con buenos resultados. Aquella dedicación total excluía hasta la compasión. Su constitución de por sí seca y nerviosa parecía fortalecerse al acercarse a la vejez. Ahora sufría menos del frío. Parecía insensible a las heladas del invierno y a la humedad del verano. El reuma que había contraído en Polonia ya no lo atormentaba. Había dejado de notar las consecuencias de las fiebres tercianas que se trajo de Oriente. Comía con indiferencia lo que le traían del refectorio. La carne, la sangre, las entrañas…. todo lo que había palpitado y vivido le repugnaba en aquella época de su existencia porque el animal muere con dolor, lo mismo que el hombre, y no le gusta ingerir agonías (yo diría que Marguerite Duras, a través de Zenón, inventó el vegetarianismo).

“La castidad en la que antaño veía una superstición que debía combatirse, le parecía ahora una de las caras de la serenidad y saboreaba ese frío conocimiento que uno tiene de los seres, cuando ya no los desea.

En las mañanas se dedicaba a hacer paseos de herborista. Con una lupa que había mandado construir a un fabricante de lentes de Brujas, examinaba de cerca las raíces de las plantas que recolectaba.

Había vuelto a escribir pero sin la intención de publicar sus trabajos. De entre todos los tratados antiguos de Medicina, siempre admiró el libro número tres de las Epidémicas de Hipócrates, por la exacta descripción de los casos clínicos, sus síntomas, sus progresos día a día y él mismo llevaba un registro análogo de los enfermos que estaban en el hospicio de San Cosme.

Un proyecto más atrevido le llevó cierto tiempo: el de un Liber singularis, en donde anotó todo cuanto sabía sobre el hombre, basado en sí mismo, su complexión, su  comportamiento, sus actos confesados o secretos, fortuitos o voluntarios, sus pensamientos y también sus sueños.

Un objeto que lo entretuvo durante unos años fue una planta de tomate.  Una rareza botánica nacida de un esqueje, que obtuvo a duras penas de un especimen único traído del Nuevo Mundo. Planta que le infundió ganas de volver a sus antiguos estudios sobre los movimientos de la salvia.

Zenón seguía eludiendo a las mujeres. Evitaba a las doncellas por miedo a algún embarazo; a las mujeres casadas por miedo al puñal y a las viudas por miedo a que lo devoraran. Se comienza a sospechar que es ateo porque llega a afirmar que cree en un Dios que no ha nacido de una virgen y que no resucitó al tercer día pero cuyo reino sí es de este mundo.

Zenón escondía cuadernillos con fragmentos de filósofos paganos que había copiado en gran secreto cuando estaba estudiando en Brujas. Tenían ciertas opiniones escandalosas sobre la naturaleza del alma y la existencia de Dios. Citas de santos padres que atacaban el culto a los ídolos y que él había tergiversado para demostrar la inanidad de la devoción y de las ceremonias cristianas.

Así, en medio de este panorama, Zenón se va. Se dice que fue visto en Basilea durante una epidemia de peste negra, una serie de curaciones inesperadas le valieron reputación de taumaturgo, se cree que fue visto en París con los estudiantes de medicina disecando en secreto muertos. Algunos dicen que otuvo diplomas en la universdiad de Montpelier. Algunos lo reconocen en tierras del Languedoc, en la persona de un mago seductor de mujeres. Otros creen haberlo visto en Cataluña. Lo que sí se sabe es que se interesaba mucho por las especulaciones sobre fisiología y anatomía.

Todos temen ser acusados de rebelión y herejía. Tanto el prior del hospicio donde está Zenón como él mismo, están bajo la continua amenaza de ser acusados. Unido al hospicio de San Cosme estaba el convento.

Entre sus libros, Zenón tenía un tratado de anatomía publicado 20 años antes por un médico famoso que acabó muriendo de la peste en Oriente y que robaba cadáveres y se había hecho del interior del hombre una idea basada en los huesos recogidos en la horca y en las hogueras o al embalsamar a un alto personaje le quitaba a escondidas un riñón o el contenido de un testículo. A menudo como aquel médico, Zenón tuvo que trabajar de manera apresurada con carnes ya putrefactas y por eso los dibujos de aquel médico eran imperfectos.

Zenón sabía que las sangrías y purgas que habitualmente se practicaban, en las tres cuartas partes de los casos no hacían más que agotar bárbaramente la sustancia humana.

Zenón tenía como ayudante enfermero a un joven franciscano de 18 años, el hermano Cyprien, que había entrado al convento desde los 15 y apenas sabía algo de latín para poder ayudar. Sólo hablaba flamenco. Era un poco ignorante y tenía la cabeza llena de supersticiones. Había que impedirle que pegase en las llagas de los enfermos la estampita barata de algún santo milagroso, creía en el hombre lobo y por todas partes veía brujos y brujas (este personaje representa al hombre común de la época). Este enfermero le cuenta a Zenón de unas sectas olvidadas que en Flandes se jactaban de haber destruído hace más de medio siglo. Eran asambleas donde los fieles se conocían en la carne. El muchacho bostezaba de día y en la noche acudía a esas asambleas. A pesar de lo difícil que era escapar del convento en la noche, muchos frailes saltaban la tapia. El enfermero le dice que el hermano Florián encontró un pasadizo por donde los ángeles vienen y van. Zenón empieza a sentir mucha curiosidad. Descubre al muchacho cantando los versículos prohibidos de un evangelio apócrifo que ya había oído varias veces recitar a los herméticos, porque se creía que daba poderes ocultos: el cántico de San Juan. Y dice:  “llamo y soy llamado, bebo y soy bebido, como y soy comido, bailo y todo cantan, canto y todos bailan”.

El enfermero le cuenta de La Bella, que da a todos los que lo requieren, el consuelo de sus versos, pero sólo ama a Cyprien. La llaman Eva. El subsuelo de Brujas era un laberinto de pasadizos subterráneos comunicados. Tan sólo una casa abandonada, separaba las dependencias del convento de los franciscanos, de las del convento de las Bernardinas. Florián, en sus trabajos de restauración de la capilla y los claustros, encuentra unos antiguos baños y lavaderos en los cuales las asambleas tenían lugar. Florián no era en realidad más que un truhán de 24 años, cuya juventud había transcurrido vagabundeando alegremente por la comarca retratando a los nobles en sus castillos a cambio de jergón y comida.

El prior se enferma y Zenón nota que a partir de eso, el convento entra en una tendencia al relajamiento y el desorden. Sólo unos pocos hermanos asistían a los oficios nocturnos. Van formando maquinaciones para elegir al próximo superior. Las hazañas de “los ángeles”, habían sido sin duda facilitadas por aquella atmósfera de interregnum. Dos mujeres acudían a las asambleas. Se habla mucho de una doncella de buena familia que por Navidad se alojaba en las Bernardinas por ausencia del padre, procurador del Consejo de Flandes: la señorita de Loos, quien se paseaba acompañada por su mulata. Zenón se encuentra a Idelette de Loos en una tienda. Apenas tiene 15 años, rubia, esbelta y de ojos claros.

Cyprien se había empeñado en hacer de Zenón su confidente.

Zenón pasó 6 largos años encerrado en el hospicio de San Cosme, hundido en una rutina conventual peor que el estado eclesiástico que tanto le horrorizaba a los 20 años, exagerando la importancia de las pequeñas intrigas y escándalos inevitables a puerta cerrada. Casi le parecía haber insultado a las infinitas posibilidades de la existencia renunciando tan largamente al ancho mundo.

Zenón vivió aproximadamente 60 años en el libro y se suicida con una cuchilla de afeitar. El libro marca la escisión de lo que aún quedaba hacia 1510 de la antigua Cristiandad de la Edad Media en dos partidos teológica y políticamente hostiles. El fracaso de la Reforma, convertida en Protestantismo y el derrocamiento de lo que podríamos llamar su ala izquierda. El fracaso paralelo del Catolicismo encerrado durante tantos siglos dentro del corsé de hierro de la Contrareforma. El salto hacia adelante de la economía capitalista, asociada en sus comienzos a la era de las monarquías. Todos estos hechos afectan indirectamente a la historia de Zenón

Citas:

  • “No se es libre mientras se desea, se quiere, se teme. Tal vez no sea uno libre mientras vive.”
  • “Mujer que enseña sus formas, pregona su hambre de algo que no son bollos de leche.”
  • “Se soporta menos fácilmente en otro, lo que se acepta bien en uno mismo.”
  • La siguiente cita es una de esas frases lapidarias que tanto nos gustan de la Yourcenar: “Mágicos son  el amor y el odio que imprimen en nuestros cerebros la imagen de un ser por el que consentimos dejarnos hechizar.

Curiosidades:

  • Al final del libro, Yourcenar  añade una nota donde explica sus fuentes, como por ejemplo: la fórmula  Opus nigrum designa en los tratados alquímicos la fase de separación y de disolución de la sustancia que, según se dice, es la parte más difícil de la Gran Obra. Sigue aún discutiéndose si esta expresión se aplicaba a experiencias audaces sobre la misma materia o si se entendía como un símbolos del espíritu que se libera de rutinas y prejuicios. Sin duda alguna dignificó alternativamente lo uno y lo otro.
  • No estoy muy segura de esto, pero el libro asegura que los astros influyen en nuestros destinos pero no los deciden.
  • El llamado tribunal de disturbios causaba estragos en Bruselas (pues sí. Todos los tribunales hacen lo mismo, ya sea para bien o para mal).

Veredicto:

Si te gusta leer, no tienes opción (y si no te gusta, también): TIENES que leer TODO lo que escribió Marguerite Yourcenar. Por lo menos es una actividad de la que, con toda seguridad, nunca te arrepentirás. Ya tendrás oportunidad de equivocarte en otro lado, con otras actividades, pero que sepas que aquí no hay margen de error.

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