300 días en Afganistán (2004)

“En Afganistán hay que tener más pelotas para amar a quien se quiere que para matar a quien se odia.”

¿Qué contiene?

Una interesantísima crónica sobre la vida cotidiana en Afganistán con una óptica muy distinta a la del periodismo NORTEamericano que tanto nos molesta en este blog. Su punto de vista es humano, pero al mismo tiempo realista y objetivo.

¿De qué trata?

Se basa en las observaciones personales de la autora, enviadas por correo electrónico a su familia en Colombia cuando estuvo en Afganistán como médico gineco-obstetra en Médicos Sin Fronteras (de 2002 a 2003), estadía que coincidió con la invasión estadounidense en Iraq.

De una manera muy sencilla y amena, nos cuenta un poquito de todo y nos hace quedar con ganas de más.

En Afganistán no existe el afgano promedio, sino que es una población heterogénea. Hay tribus originadas en Mongolia, otras en Rusia, otras subieron de Pakitán…. son como cuatro etnias claramente definidas: los tajiks, hermosísimos (altos, cejones, piel medio clara, ojos claros verdes, niños muy bonitos); los pashtún, oscuros, cejones, velludos, mandíbula grande, ojos miel, son los que vienen de Paquistán y dieron origen a los talibanes; los hazara, muy discriminados, de segunda categoría, primos de los mongoles, achinados, durante el régimen talibán fueron muy maltratados; los kupchis, una rama de los pashtún, tribu nómada que se niega a taparse la cabeza, no cumplen reglas de ningún estado, aún durante el régimen talibán las mujeres de esta tribu se resistían a cubrirse, son medio salvajes pero muy pacíficos.

El tema de la salud es escalofriante. Los hospitales donde trabaja Natalia huelen a orines y no tienen agua corriente, sólo unos tanquecitos en cada consultorio.

Los hombres afganos acostumbran a orinar acuclillados, por ningún motivo pueden reconocer que tienen dolor y adoran las rosas, quién lo creyera, pero son rosas grises por el polvo. En Afganistán todo está cubierto de polvo.

Las frutas afganas son diminutas pero muy dulces.  Las uvas como huevas de pescado de 7 mm de diámetro, los melones como pelotitas de beisbol.

Los afganos son recicladores por excelencia, no se ven montañas de basura por ninguna parte, porque desconocen el desperdicio. Son la antítesis de la cultura norteamericana (sí, que tanto nos molesta en este blog). Todo lo que se deja quemar, se puede usar para hacer ladrillos. Los baños son una letrina sin hueco en la tierra, sino una caja. Cuando está llena, viene un recogedor oficial de excrementos y se los lleva, los seca, y los vende como material para quemar y calentar las casas en invierno o para fertilizar los cultivos.

En Pakistán las restricciones a las mujeres son menores. Ahí se usa que las mujeres sean completamente ignorantes hasta una semana antes de la boda, momento en el cual la madre y la hermana le cuentan los detalles de la reproducción y le dan las instrucciones pertinentes.

No importa cuánta crema humectante se ponga Natalia. El aire es tan seco que se roba cualquier gota de humedad. El pelo sólo se empolva pero no se engrasa. El cuerpo no genera una sola gota de sudor. Las uñas se ponen gruesas y crecen a una velocidad increíble, las manos se vuelven garras y es imposible tenerlas limpias. No hay necesidad de ir al baño porque todo el líquido se pierde por el sistema respiratorio. La piel se cuartea y por momentos sangra.

La prensa ha magnificado el asunto de la burka. Cuando se le pregunta a una afgana qué  es lo que más las atormenta del régimen talibán, nunca la respuesta es la burka. Siempre se quejan de las restricciones educativas. La burka existía antes del régimen talibán, así que es parte de su cultura.

Es un país musulmán pero no árabe. Su estructura social es persa y persa también el idioma. Si les insinúas que son árabes, les da un ataque de histeria. Los hombres afganos no se la pasan rezando. Los talibanes eran una porción no representativa de los afganos, un fenómeno que nació del caos político pero que creció sólo porque fue alimentado por los intereses económicos de norteamericanos y europeos. Los afganos no se sienten representados por los talibanes.

Las mujeres afganas no viven escondidas como la prensa hace creer al mundo occidental. No son débiles, son unas fieras. No se callan nada. Hacen chistes sexuales entre ellas, discuten temas prohibidos y son bastante maliciosas y manipuladoras como las occidentales, incluso con sus maridos. Las suegras afganas son las reinas de la maldad. Pasan de ser el oprimido a ser el opresor con una facilidad aterradora y sin memoria alguna de lo que es ser golpeada y humillada.

En Afganistán se produce mucha heroína. Los mujaidines, señores de la guerra que reinaron antes de los talibanes, viven de los cultivos de opio.

El invierno es una cosa terrible. No hay comida, sólo toneladas de nieve y la gente literalmente se muere de frío en las noches.

Los talibanes duran 5 años en el poder. Después de que Bush los corrió, el mundo entero regresó a sus refugiados a Afganistán, pensando que todo iba a ser paz. Pero se equivocaron.

Bamiyán, es una ciudad famosa porque hace miles de años los monjes budistas construyeron en sus montañas 3 gigantescos budas. A ambos lados de ellos, hay cientos de cavernas y laberintos que conforman la “ciudad” habitada por 700 familias. Es más bien un pueblito prehistórico. Los talibanes dinamitaron los budas hasta hacerlos arena porque tenían que impedir la adoración de imágenes. Una más de sus tantas atrocidades. Los hazaras, habitantes de Bamiyán, son conocidos como “los esclavos de Afganistán” pues son altamente repudiados por su apariencia física: parecen orientales porque descienden de los mongoles y hacen los trabajos que nadie haría.

Si Afganistán es una jaula, Irán es una celda para confinamiento solitario. Ella la llama la Tenebrosa República Islámica de Irán. Fue de vacaciones ahí. Teherán es una ciudad enorme, moderna y con catorce millones de habitantes, incontables rascacielos y tugurios. Desde que uno aterriza, se siente un aire de represión y fundamentalismo. A las mujeres iraníes nunca se les permite reír ni cantar y tienen que vestir de negro, mientras que en Afganistán la burka es azul cielo.

Citas:

  • “En Afganistán hay que tener más pelotas para amar a quien se quiere que para matar a quien se odia.”

Curiosidades:

  • El texto, muy merecidamente, ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en Colombia.
  • El libro contiene fotografías tomadas por la misma Natalia, mismas que realmente vale la pena ver.
  • Si tienes visa paquistaní en el pasaporte, ya no puedes ir a la India. Son países que se agarran a bombazos.

¿Por qué debes leerlo?

Deja que la autora te lo explique en su epílogo:

“Hace dos meses llegué a Medellín, volví a empezar a trabajar en un hospital de la ciudad a los quince días de haber llegado. Todavía me aterro cuando abro la nevera de mi casa y veo tanta comida de tanta variedad. Salgo a caminar cada vez que puedo a donde puedo. Me paso horas viendo programitas de mala calidad tirada en un sofá tomando lecherita. Estoy rodeada de familiares, colegas y amigos y sin embargo extraño a mis afganos y digo ‘mis’ porque son míos. Yo ya les he escrito en el corazón. Son míos con todas sus virtudes y limitaciones. Son míos a pesar de que les peguen a sus mujeres. Son míos porque se volvieron parte de mi felicidad y porque me devolvieron la capacidad de distinguir entre lo que es realmente un problema y qué es un inconveniente”.

Veredicto:

IMPOSIBLE no leerlo. Pasar por alto un libro tan interesante y tan bien escrito es un crimen tan grande como bombardear los Budas de Bamiyán.

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